En el vagón en el que viajo la mitad de los asientos, entre ellos el mío, están colocados de espaldas a la marcha. Viajando de esta manera no logro percibir este viaje como una carrera a gran velocidad hacia mi destino, porque se hace mucho más vívida la certeza de que todo se aleja de mí. Rafa primero, siempre sonriente con su camiseta amarilla, volviéndose varias veces de camino al coche para decirme adios con la mano; mi coche azul de cielo, saliendo - con él al volante - del parking de la estación; la estación misma, con sus andenes grises de hormigón; la ciudad de Varsovia, con su imponente río y sus preciosos puentes, con las mujeres plantadas detrás de sus puestos ambulantes de frutas, ropas, calzado o cordones para los zapatos… también cosas que sé que no añoraré en esta ausencia: esas vacas tumbadas en los prados, los campos recién cosechados, los fragmentos de bosques y entre los árboles señoras con bata de colores y pañuelo en la cabeza encorbadas recogiendo setas para venderlas después a la orilla de la carretera…
Me voy de nuevo, el proceso: “empaquetar – despedirme – viajar – llegar – desempaquetar – aclimatarme – reempaquetar - volver a viajar – regresar” es ya una rutina.