Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito. - Proverbio Chino

[es] leo, leo y leo
Posted: Friday September 29th 2006, 10:33 pm — Author: raquel

in English

What do I do when I came back from work to the flat in which we live in Krakow (lost in the middle of nowhere)?. I read.

I read, and read and read and read

I read so much that I can’t stop reading. I read while I eat the breakfast and the supper, while I brush my teeth, while I wait to go to sleep, when I wake up during the night. I read in the toilet and in the kitchen, sitting on the floor, climbed on a chair, lying on the bed…

I think that the reading is an estrange kind of drug: it helps the mind to escape from the reality, you see yourself living histories that in most of the cases are the product of someone else’s imagination. It makes your heart beat fast with excitement in certain moments, you smile with the ideas of the protagonist, and you are even worried when you have closed the book in a critical situation.

I have been reading a lot this week.

I read so much that now, during my trip from Krakow to Warsaw, I’m trying to do some kind of detoxification. I’m practicing how to get back my intellectual autonomy, by trying to remember our plans for the weekend or trying to make new ones, the obligations I left at work in Warsaw two weeks ago, the things I must change to make my future change… but this is not enough. I try to imagine the peacefully happiness of my talks with Rafa in our green sofa (just two hours more and we will be right there!), the look of our flat the morning I left, the food we have on the freezer, still cooked by my mother and my grandmother… I try to make my mind work itself by writing this text…

But this is very difficult and unsuccessful, it takes too much effort to create again my own thoughts… I think I rather close the computer and open the book again.

¿Qué hago cuando vuelvo del trabajo al piso que nos ha alquilado la empresa (situado en el ya conocido barrio vigilado por cámaras, muy a las afueras de Cracovia), cuyo mobiliario se compone de una cama estrecha en cada una de las dos habitaciones, y una mesa con dos sillas en la fría cocina?: aso manzanas en el horno para caldear la cocina y tener un delicioso desayuno, y leo.

Leo, leo y leo.

Leo tanto que no puedo parar de leer. Leo mientras desayuno y mientras ceno, mientras me lavo los dientes, mientras espero a que me venza el sueño, cuando me despierto en mitad de la noche. Leo en el baño y en la cocina, sentada en el suelo, encaramada en una silla, recostada en la cama…

Considero a la lectura como un extraño tipo de droga: evade la mente de la realidad, te crees viviendo historias – a veces algo estrambóticas – que en la mayoría de los casos son el producto de la imaginación de otros, te acelera el corazón por la emoción en determinados momentos, sonríes con las ocurrencias del protagonista, te entristecen sus problemas e incluso te preocupas por su suerte cuando has cerrado el libro en un momento crítico para él.

Esta semana he leído muchísimo.

He leído tanto tanto que ahora, en el tiempo que dura el viaje en tren de Cracovia a Varsovia, debo de alguna manera desintoxicarme. Hago un ejercicio de recuperación de mi autonomía mental, intentando recordar nuestros planes para el fin de semana, o elaborando nuevos, las obligaciones que dejé en el trabajo en Varsovia, los planes que planee que moverían el futuro inmediato… pero con eso no me basta. Intento imaginarme la tranquila felicidad de conversar con Rafa en nuestro sofá verde (un par de horas más y se hará realidad), la pinta que tenía nuestro piso la mañana que me marché, las croquetas que dejaron mi madre y mi abuela en el congelador, y que atesoramos como a los manjares que son… trato de hacer funcionar mi mente escribiendo este texto, tratando de decidir algo para las próximas vacaciones (¡¡Navidades en España!!, ¿qué planes tenéis para Nochevieja?)…

Pero es muy difícil, me temo que hago este esfuerzo en vano, me cuesta demasiado crear mis propios pensamientos… creo que voy a cerrar el ordenador y a abrir de nuevo el libro.


[es] no es una servilleta cualquiera
Posted: Monday September 18th 2006, 11:28 am — Author: raquel

in English

This napkin has traveled to Warsaw in my grandmother’s handbag, probably wrapping some sandwich or some meat. It was left in my house, maybe accidentally when they left.

I have the feeling that it always existed, that it was already in one of the drawers (the second from the bottom) on my grandmother’s living room when I came to this world.

When I see it, I instantaneously remember the mountain and the low white building of the factory that were seen from the window. When I see it I remember the suppers with fried fish around that too short table in their living room, with a tablecloth that was probably formed by several napkins like this sewed up together. I see the long corridor with the blue carpet along, the pattern on the doors’ windows, the umbrella stand, the wood-fired oven on the kitchen and my grandfather’s boot kept inside to get dry. I see the washing machine on the balcony, and the faint light on the bathroom, which was constantly wet.

This napkin talks about Friday’s nights sleeping in my grandparent’s house, and the breakfast with chocolate molten in milk, and the walks in the morning to do the shopping. About my grandparents’ arguments about leaving the blinds closed the morning of our first trip by train, and the sweet pink colored butter we bought in the few hours we were in Calatayud. Talks about the bits of salted codfish (kept on the wardrobe of the corridor, in front of the living room) that my grandfather used to stealthily cut and eat; about the almost dead quails he brought after a hunting day and whose sickness I was unable to understand; about the big room in which we used to play dressing up old clothes; and also about the anguish feeling and the beat missed by my heart on the right moment I was conscious of the extremely yellow color on my grandfather’s skin, some weeks before his death.

Esta servilleta ha llegado a Varsovia en el bolso de mi abuela, envolviendo probablemente algún bocadillo de jamón, o algunas tajadillas de lomo rebozado, y se ha quedado en mi casa de forma aparentemente no deliberada cuando ellos se marcharon.

A mí me fascina la presencia casual de esta servilleta en mi vida cotidiana, en un momento y un lugar tan lejanos de los momentos y lugares con los que mis recuerdos asocian a este trozo de trapo que tengo la sensación de que siempre ha existido, de que ya estaba en uno de los cajones del armario del salón de la antigua casa de mi abuela, el segundo empezando por abajo, cuando yo llegué a este mundo.

La veo, y me acuerdo instantáneamente del monte sin árboles y el edificio bajo de la fábrica de paredes blancas, que se veían desde la ventana. La veo y me recuerda a cenas de bertorella rebozada sentados en el sofá del salón y alrededor de aquella mesa un poco incómoda con mantel de idéntica tela, o quizá formado por varias servilletas como esta cosidas unas a otras. Veo el largo pasillo con la alfombra azul en medio, los dibujos en los cristales de las puertas de las habitaciones, el paragüero y el mueble de la entrada, la chapa en la cocina, y las botas del abuelo secándose en el horno, la lavadora de carga superior en la terraza, el baño de luz mortecina y etérnamente húmedo, con grifos separados para el agua fría y el caliente y los dientes del abuelo en un vaso sobre el lavabo.

La servilleta me habla de noches de viernes durmiendo en casa de los abuelos, y de desayunos de sábado con chocolate fundido en leche y paseo matutino a hacer la compra o al rastro con el abuelo, que me permitía ciertos caprichos. De las discusiones entre mis abuelos sobre si dejar las persianas cerradas en la mañana de nuestro primer viaje en tren, y de la mantequilla de color rosa y sabor dulce que compramos en las pocas horas que estuvimos en Calatayud. De los trozos que mi abuelo le cortaba a hurtadillas al bacalao salado que colgaba en el armario del pasillo, de las codornices agonizantes que trajo a casa un día de caza, y cuya “enfermedad” yo no lograba entender en aquel momento, de la habitación grande, donde jugábamos a disfrazarnos con ropas antiguas entre las que siempre encontrábamos algunas castañas, del camino desde nuestra casa, tantas veces recorrido en coche, y también del vuelco en el corazón y la angustia en el momento en que descubrí la piel inmensamente amarilla de mi abuelo, sentado en la cocina después de la comida unas semanas antes de su muerte.


[es] el Gran Hermano vigila!
Posted: Friday September 01st 2006, 8:44 am — Author: raquel

in English

The flat rented by my company for my colleague and me in Krakow, is located in a district formed by four-story buildings with garden. They are grouped and surrounded by railings intended for avoiding the neighbours that live in other buildings to coming closer than 20 meters of yours.

Since I left this flat till I arrive at work I’m filmed by 62 security cameras. This may not be a lot if we don’t consider that one third of this 15 minutes way is the time I walk on a path not asphalted that goes between weeds that sometimes are taller than me.

I don’t know if there is a security guard sitting somewhere in front of 62 monitors, but if so, he probably saw us the first week we lived here, looking for some asphalted path for going back home from work because we didn’t want to believe that we will have to walk everyday between the weeds.

He may have been surprised when saw us crawling under one of those railings when we discovered again that there was not way out either.

He probably realized that every Friday we take our luggage when we go to work, and some weeks ago he saw how I took a deep breath with desperation the fifth time her case turned around when she insisted on dragging it on the only roller that was not broken.

He should have seen the way I run away from a wasp that wanted to attack me when I was teeing the bow on her dress on the way.

This week he see how I bend down before the path to roll up my trousers trying not to dirty them with the deep mud on the path. He should have seen me today walking out of the path with the trousers rolled up to the knee, and my summer shoes and legs all brown with mud because I couldn’t distinguish the puddles and zones with softer mud on the dark night.

I hope he could see yesterday how that truck wet us to the bone when he drove on a deep puddle. And if he is really expert he may have been able to detect my surprise when I involuntarily proved that the water from that puddle was as tasteless as the clean one.

Maybe he is the one that knows which of my keys open the gate of our house, which one opens the main door and which lock opens the pink key!!.

El piso que la empresa ha alquilado para que mi compañera y yo durmamos cuando trabajamos en Cracovia se encuentra en una urbanización pensada desde sus orígenes como ciudad dormitorio, de esas formadas por edificios ideales, de cuatro plantas y jardín, separados en pequeños grupos por la consiguiente verja limítrofe destinada a que los habitantes de las demás urbanizaciones no puedan acercarse a menos de 20 metros de la tuya.

Debe ser un barrio muy seguro, porque desde que cierro la puerta de mi trabajo hasta que cierro la puerta de mi casa soy filmada por nada menos que por 62 cámaras de seguridad. Esto quizá no sería demasiado si no consideráramos que ambas acciones están usualmente separadas por alrededor de 15 minutos, un tercio de los cuales se corresponden al tiempo en el que he de caminar por un camino de polvo (y, cuando llueve, barro) en una explanada donde la vegetación es en ocasiones más alta que yo misma.

Ignoro si hay un guardia de seguridad en algún sitio cuya misión es sentarse cada día delante de los correspondientes 62 monitores, pero si lo hubiera seguramente nos vería en la primera semana de estancia aquí, cuando obstinadas en no creernos que cada día tendríamos que caminar entre las malas hierbas de la susodicha explanada, buscábamos un camino asfaltado para ir desde el trabajo hasta casa.

Nos vería arrastrándonos con dificultad por debajo de una de esas verjas, al descubrir demasiado lejos como para desandar el camino, que la misma nos cerraba de nuevo el paso.

Se dará cuenta de que cada viernes hacemos el mismo camino hasta el trabajo cargando con nuestro equipaje, y vería seguramente hace algunas semanas, como suspiré con desesperación la quinta vez que a ella se le volteó su maletita, cuando se empeñaba en llevarla rodando sobre la única ruedecita que no tenía rota.

Vería aquel día los aspavientos que hice para huir de la avispa que me asustó cuando le estaba atando el lazo del vestido a mitad del camino.

En esta semana verá cómo me agacho medio minuto diario delante de la ya conocida explanada para recogerme los pantalones con la esperanza de no manchármelos de barro, y me habrá visto hoy a las 9 de la noche saliendo de las tinieblas de la explanada con los pantalones remangados hasta la rodilla y mis zapatitos de verano, que habitualmente mantengo blancos, totalmente embarrados (por dentro y por fuera), al igual que ambos pies hasta la mitad de la espinilla, por no haber podido distinguir, debido a la oscuridad de la noche, las zonas de barro blando y los charcos.

Quizá viera ayer la ola provocada por aquel camión al atravesar a demasiada velocidad un charco de la carretera, dejándonos chorreando de la cabeza a los pies. Probablemente un vigilante tan experto se diera cuenta al mismo tiempo de mi sorpresa al comprobar involuntariamente que hasta el agua marrón de los charcos apenas tiene sabor.

Probablemente él sí recuerde cada vez cual de mis llaves abre la verja de nuestra casa, cual abre la puerta de entrada al edificio y qué cerradura se abre con la misteriosa llave rosa.