“Te casaste, la cagaste” cantaba durante la fiesta de nuestra boda, un coro improvisado entre hermanos, primos y amigos, mientras me apuntaban con el dedo, al ritmo de la música de una canción que describe como, por lo visto, te cambia la vida después del matrimonio.
Ya había oído algo de eso, pero no me creía nada. Pensaba, ingenua, que nosotros estábamos inmunizados ante esas pequeñas “desgracias”, por otra parte demasiado manidas. De hecho, si como regalo de bodas no hubiéramos recibido una báscula de baño, quizá aun no nos habríamos dado cuenta de que ya empezábamos a sufrir en nuestras carnes uno de los efectos del matrimonio: nos empiezan a sobrar kilos (siempre con respecto a nuestro peso medio).
Hace ya varias semanas que yo decidí poner remedio a esta situación, planteándome “esta vez en serio” una dieta que me permitiera perder los 5 kilitos que me sobraban. Sea por falta de acceso a verduras frescas, sea por el aburrimiento vespertino que me entra en este pueblo donde estoy confinada, o sea por mi ya reconocido record mundial de salto de dieta, aun no he notado ningún resultado de tanto sufrimiento.
No así mi marido, que, habiéndose decidido el lunes a seguir mi ejemplo, hoy miércoles me cuenta orgulloso por teléfono que le va fantásticamente la dieta, que ya no bebe cerveza por las noches y que, aunque ayer cenó pizza y antes de ayer se zampó un donut, esta mañana ya pesaba tres kilos menos que hace dos días. ¿¡Acaso eso es justo!?