De niña (y también ahora) a mi padre y a mí nos encantaba el arroz. Tanto nos gustaba comerlo que no dejábamos ni un solo grano en el plato. Por eso, decidimos que un día iríamos a China a comer arroz, porque si el que prepara mamá en casa está tan bueno, ¿cómo no estará el de China? ¡solo podía ser hiper-delicioso!. Eso sí, llevaríamos el tenedor en el bolsillo, porque evidentemente, no se puede disfrutar de un manjar semejante si tienes que dedicar todos tus esfuerzos a luchar con dos extraños palillos.
Era esto seguramente un juego entre padre e hija pero yo, en el fondo, siempre lo creí, y nos veía a mi padre y a mí vestidos con un kimono rojo y un sombrero ancho y cónico sacando discretamente el tenedor del bolsillo delante de sendos platos de arroz (por supuesto paella, porque en aquel entonces no imaginaba otra forma mejor de prepararlo) servidos en un restaurante de paredes adornadas con dragones.
El tiempo pasaba y pasaba, y mi padre nunca ha venido, todavía, con esos dos billetes de avión con destino a lo que pensábamos era “el paraíso del arroz”.
-“¡Cómo! ¿es que te vas a ir a China sin mí?” – me dice mi progenitor por el teléfono, con cierto tono de desilusión, cuando le comunico el destino de nuestra luna de miel.
-“ehh…..” – dudo, me siento como si le hubiera defraudado, no sé qué decir – “sí, pero voy solo para preparar el terreno, para que, cuando vayamos juntos, saber donde ponen el mejor arroz”.
¡¡Este sábado salimos para China!!, ¡¡ya os contaré qué tal es allí el arroz!!